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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma Negocios el 1 de marzo de 2016

Para ti, que me enseñaste el valor de ayudar a otros.

 

México es un país de contrastes. Estamos entre las quince economías más grande del mundo, pero casi la mitad de nuestra población vive en pobreza. También somos un país con 1.5 millones de niños que padecen desnutrición y baja talla, y a la vez tenemos la mayor cantidad de niños con obesidad en el mundo.

Asimismo, la sociedad civil organizada padece esos contrastes. Somos un país donde 7 de cada 10 personas se dicen hartas de la corrupción y desconfiadas del gobierno. Sin embargo, titubeamos mucho al momento de apoyar a las organizaciones de la sociedad civil. ¿A qué me refiero?

Empecemos con que desconocemos el monto de las donaciones privadas que se destinan a filantropía en México. En el año 2009 se calculó que este monto equivalía al 0.18% del PIB; sin embargo, a esta medición no se le ha dado seguimiento, por lo que realmente desconocemos la proporción actual. En contraste, ese mismo año, Estados Unidos invirtió en actividades filantrópicas un monto equivalente al 2.1 % del PIB.

Por otro lado, el último estudio disponible de la Universidad de Johns Hopkins y el Centro Mexicano para la Filantropía, revela que la fuerza laboral de las instituciones sin fines de lucro en México representa el 2.7% del empleo total. Cifra que está muy por debajo de países como Estados Unidos (8.7%), Japón (6.8%) o Francia (5.8%), e inclusive Brasil (3.0%).

Dice mucho de la sociedad mexicana que el llamado “tercer sector” se encuentre en condiciones tan vulnerables, sobre todo cuando la clase política se dedica a “combatir” la misma corrupción de la que es cómplice. Desde la Secretaría de la Función Pública, hasta el Sistema Nacional Anticorrupción, por años hemos dejado que los mismos políticos se encarguen de sancionar y acotar el tema de la corrupción a su conveniencia.

Por ello, es de celebrarse el esfuerzo reciente que distintas organizaciones ciudadanas realizan en aras de tomar al toro por los cuernos e impulsar una iniciativa que combata la corrupción, por ejemplo, la iniciativa de #Ley3de3. Sin embargo, difícilmente una ley será suficiente si sólo se queda en papel y buenos deseos. Es necesario que haya un compromiso transversal de parte de distintos sectores de la sociedad, particularmente del sector empresarial, para impulsar un proyecto que ataque las raíces de la corrupción. ¿Por dónde empezamos?

Primero, reconozcamos que no estamos haciendo lo suficiente. El sector empresarial ha estado muy ausente en el impulso de las organizaciones de la sociedad civil. Se calcula que sólo el 29% de las 500 empresas más importantes del país tienen una fundación a la cual hacen donativos. Además, típicamente las donaciones del sector empresarial representan sólo el 16% del dinero total que reciben las donatarias autorizadas, lo cual es bajo comparado con otros países.

Los empresarios debemos asumir el liderazgo para cambiar el rumbo, debemos invertir más en las instituciones sin fines de lucro y apostar por su desarrollo. Como meta, propongámonos que para 2018 México no invierta 0.18%, sino el 1% del PIB en instituciones sin fines de lucro. Podrá parecer mucho, pero no es nada si lo comparamos al 9% del PIB anual que perdemos todos los años por la corrupción.

Se ha insistido en creer que las organizaciones de la sociedad civil son un barril sin fondo al que se les tira dinero que nunca va a regresar. Sin embargo, lo que uno hace realmente cuando pone dinero para una causa de la sociedad civil es una inversión social. Queremos un futuro con más oportunidades y con más organizaciones que sean eficientes y transparentes en su operación, como IMCO, Mexicanos Primero, Insyde, Causa en común, México SOS, México Evalúa, Transparencia Mexicana, México ¿Cómo Vamos?, Artículo 19, y CIDAC, por mencionar algunas. Queremos un México en el que la sociedad civil organizada sea punta de lanza para el cambio que todos queremos. Un México donde triunfe el mérito y el apego a la ley, no los compadrazgos y la corrupción rampante. Un México de instituciones sólidas y confiables en servicio de la ciudadanía

Bien dicen que toda propiedad privada grava una hipoteca social, considero que son estos casos cuando nos corresponde pagar esa hipoteca. Los empresarios tenemos la responsabilidad de aportar para que México pueda combatir de forma efectiva la corrupción y detonar su potencial. Llegar a ese 1% es parte de lo que nos hace falta. Nos lo debemos a nosotros mismos, pero principalmente se lo debemos a nuestro querido México.

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