Una nueva reforma electoral: ¿Para quién?

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma Negocios el 5 de enero de 2016 

“No es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio”
– Groucho Marx

 

 

Se nos terminó el 2015 y, como todos los años, nos queda una fila enorme de pendientes que gobierno y ciudadanía debemos atender para mejorar la sociedad y el país donde vivimos. Pero más allá de los problemas endémicos y persistentes –corrupción, pobreza, desigualdad, bajo crecimiento e impunidad—, vale la pena echar un ojo a un asunto de la agenda pública que seguramente nos depara el año nuevo.

Es muy probable que la temática electoral tenga un papel central en 2016, no sólo porque habrá 13 elecciones estatales, sino porque en las semanas previas al fin del año se empezó a discutir una nueva reforma electoral. Es decir, a tan solo dos años de la pasada reforma, responsable de transformar al Instituto Federal Electoral (IFE) en Instituto Nacional Electoral (INE) y de un conjunto de reglas nuevas para fiscalizar los recursos que reciben y gastan los partidos políticos, sus dirigentes buscan formular y reagrupar nuevamente la constelación de normas que los rigen.

Por un lado, el PRI propuso (des)regular la relación que los partidos guardan con los tiempos mediáticos para que puedan contratar minutos en radio y televisión aparte de los que ya les son asignados de manera gratuita. Por otro lado, el PAN ha hablado sobre la necesidad de instaurar la segunda vuelta electoral en elecciones presidenciales, con el objetivo expreso de dotar de una mayoría “legitimadora” al candidato que resulte electo.

Ambas propuestas ameritan un profundo análisis, pero su común denominador es que los beneficiarios últimos serían los mismos partidos, relegando al ciudadano a segundo plano cuando éste debería de ser el actor central de toda reforma. Y es que mientras los partidos no funjan como instrumentos para que los ciudadanos participemos en política libremente –sin deberle nada a nadie y sin necesidad de pertenecer a algún grupo de poder o red clientelar—, cualquier reforma que sólo sirva para fortalecer a los partidos es una reforma poco útil para la ciudadanía.

Eso sí, en años recientes se colaron un par de reformas que pueden servir a la ciudadanía en su búsqueda de representación. La reelección legislativa y las candidaturas independientes son pequeños boquetes que oxigenan al oxidado aparato de representación pública de nuestro país. Sin embargo, tampoco están blindadas de intereses que puedan distorsionarlas. Hoy en día, la reelección legislativa está sujeta a controles que le exigen al político que busca reelegirse pertenecer al mismo partido que lo postuló, a menos que haya renunciado a él antes de cumplir la mitad de su gestión. Lo mismo pasa con las candidaturas independientes, que gracias a algunos congresos estatales enfrentan cada vez un campo más minado de exigencias y obstáculos.

Si la clase política está dispuesta, otra vez, a ignorar las ansias de representación ciudadana en aras de seguir el juego de la endogamia, estará cometiendo un error terrible. Ya estuvo bueno de que después de cada elección federal venga un reacomodo de reglas porque a los partidos perdedores les molesta que al vencedor se le haya ocurrido una estrategia ganadora antes que a ellos.

Para lograr una reforma política de profundidad es indispensable tener como objetivo fortalecer la representación ciudadana. Dos reformas en este sentido serían la reelección no condicionada a la militancia en un partido –para que la rendición de cuentas sea con los votantes, no con los líderes partidistas— y facilitar la realización de plebiscitos, consultas ciudadanas y referendos sobre asuntos que atañen directamente a la ciudadanía. Sobran propuestas y buenas ideas, lo que hace falta es obligar a los políticos a adoptarlas priorizando los intereses de la ciudadanía.

Sin más qué decir, ¡feliz año nuevo a todos! Que 2016 sea un año lleno de triunfos ciudadanos en la arena pública. ¡Comenzamos!

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