Su Señoría, la Ciudadanía

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma el 27 de octubre de 2015

 

La política es la encarnación del espacio público. Aunque en algunos casos se refiere exclusivamente a las actividades relacionadas con la organización del Estado, el ciudadano siempre debe figurar como protagonista central de la política. Alejarlo equivale a expropiar el espacio público con fines privados: a traicionar la esencia de nuestra existencia… política.

Hace cuatro meses, el ahora ex secretario de la SEP, Emilio Chuayffet, dijo con un aire bastante dignificado, “llueve o truene habrá evaluación [educativa] y quien piense lo contrario ofende al presidente”.

Aunque no es el ejemplo más reciente, sí es el más emblemático del lenguaje excesivamente solemne que se extiende como virus en nuestra clase política. Un lenguaje que desplaza al ciudadano de la arena pública y que insinúa que las instituciones son propiedad de quien las ocupa temporalmente. La cereza del pastel es el reciente spot que nos dice “ya chole con tus [nuestras] quejas”.

La Real Academia Española define la palabra solemne como “formal, grave, firme, válido, acompañado de circunstancias importantes o de todos los requisitos necesarios”. A simple vista, parece un valor importante, pues es la práctica de tomarse enserio toda situación.

Sin embargo, la solemnidad excesiva, sobre todo en política, tiene un gran costo: crea la percepción de que criticar y exigir cuentas a los gobernantes es un atentado contra las instituciones. Para quienes respetamos y valoramos a las instituciones esta postura nos invita a practicar la censura como gesto de responsabilidad cívica.

La comedia es la otra cara de la moneda. Una herramienta extraordinaria que inyecta soltura, creatividad y perspicacia al ejercicio de nuestra libertad de expresión. En su práctica más elegante, nos permite mofarnos de los vicios del gobierno y de sus integrantes: nos recuerda que lo absurdo se esconde detrás de lo solemne y nos invita a reírnos de nosotros mismos.

Un buen ejemplo es la película “El gran dictador” de Charlie Chaplin. Aunque en su momento resultó controvertida por sus posturas políticas, hoy en día es considerada una crítica precisa y contundente –incluso elegante— a la Alemania Nazi. “Estaba determinado en seguir adelante,” Chaplin escribió en alusión a las controversias, “pues Hitler debía ser mofado”.

Todo esto me lleva a la hipótesis siguiente: el lenguaje con el cual los actores de la arena pública compiten juega un papel fundamental en la competencia misma. Las formas y las cosas que (no) se dicen, importan. Hay una diferencia enorme entre la arena pública dominada por la solemnidad y la secrecía, rasgos típicos de los gobiernos autoritarios, y aquélla caracterizada por la crítica y la transparencia, características fundamentales de los gobiernos democráticos.

Aunque la solemnidad muchas veces es necesaria para dimensionar la relevancia de una situación, llevada al extremo puede crear la percepción de que la política –y por ende lo público— es algo excesivamente serio, no apto para toda la ciudadanía. Cuando esto sucede, la responsabilidad se diluye y el gobierno se asume como víctima de la indignación y la crítica.

No es casualidad que haya sido un comediante, John Oliver, quien señalara lo absurdo y replicara las reacciones al spot de “ya chole con tus quejas”. La comedia, además de hacernos reír, tiene la función social de acercarnos a la política. La solemnidad excesiva, por otro lado, oscurece la responsabilidad de los gobernantes y da pie a que obren mal sin rendir cuentas. Un mal negocio en un país donde 81 por ciento de la población se dice insatisfecha con la democracia y 72 por ciento no confía en el gobierno.

En el mundo de los negocios la comedia juega un papel relevante desde hace décadas. Los departamentos de publicidad de las empresas más grandes del mundo saben de la efectividad del humor para llamar la atención de los consumidores. Si el gobierno quiere recuperar la confianza del público, quizá deba empezar por reírse de sí mismo y reconocer que asumir una postura solemne ante lo absurdo lo aleja de aquello a quién se debe: su Señoría, la Ciudadanía.

 

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