Por Yucatán

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Artículo publicado en El Diario de Yucatán el 20 de octubre de 2015

 

Como ya sabrán aquellos amigos que han tenido la sorprendente paciencia de acompañarme en mi descubrimiento de las ciudades, los pueblos, las costas y las selvas de Yucatán, yo soy yucateco ma non troppo. Es decir: nací en el Distrito Federal, pero me siento cercano a Yucatán, lo soy por elección y me enorgullece.

Desde que me casé en el municipio de Abalá en 1997, mi esposa y mi tres hijas, los cuatro tesoros más grandes de mi vida, me han acompañado incontables días y meses, que ya suman años, en mi recorrido por toda la Península. De Rio Lagartos a Tekax, de Sisal a Tixcacalcupul, cada lugar con imágenes que describen la grandeza de este maravilloso lugar.

Trabajar sobre los aspectos que más valoro de este bello estado, que son su gente, su naturaleza y su historia, es un enorme privilegio, fuente de útiles experiencias y memorables vivencias. Mantengo, al igual que la mayoría de los yucatecos, una preocupación por los datos y la evidencia que se acumulan acerca de los enormes retos sociales, económicos y políticos que enfrenta el estado.

Más aún cuando un día soy testigo de la pobreza extrema en la cual viven cientos de niños en Tzucacab y al día siguiente, en un evento con empresarios y líderes de la sociedad civil en el Distrito Federal, el anfitrión nos pide que le regalemos un aplauso para una ex gobernadora por ser ejemplo de eficacia en la lucha contra la desnutrición infantil en Yucatán. Cuando la ex gobernadora entra en escena, su servidor se levanta y se retira discretamente, deseando buenas noches a sus vecinos de mesa pero perturbado por la posibilidad de que el resto de los asistentes no se hayan percatado de la insultante mentira que se escondía detrás de tal afirmación.

Y es que habiendo sido cuna de una de las civilizaciones más avanzadas y sorprendentes de su tiempo, contando hoy con la mejor ciudad para vivir en México, dos Pueblos Mágicos, 17 zonas arqueológicas abiertas al público, 2 mil 500 cenotes censados, 340 kilómetros de litorales, nueve áreas naturales protegidas, una gastronomía de clase mundial y docenas de tradiciones milenarias, Yucatán debería ser una tierra próspera y llena de oportunidades, un faro que guíe el rumbo de los estados más pobres y un socio imprescindible tanto de los estados más prósperos del país como de los de la costa este de los Estados Unidos.

Gracias al trabajo y la solidaridad de los yucatecos, Yucatán tiene, entre muchas bondades, un PIB per cápita dos veces superior al de Chiapas, Oaxaca y Guerrero, una tasa de desocupación dos puntos por debajo de la media nacional y una seguridad pública que es la envidia de todo México. Por si fuera poco, Yucatán se ha posicionado como un polo de atención de salud y educación privada para prácticamente todo el sureste del país. Además, Yucatán es hoy el estado con mayor participación ciudadana en elecciones.

No obstante, Yucatán también es el estado con el menor volumen de aguas residuales tratadas para consumo humano, con más de 600 mil personas trabajando en la informalidad, con 1 de cada 4 jóvenes que no estudia ni trabaja, con la octava tasa más alta de deserción escolar y con la quinta mayor proporción de hogares con carencia de acceso a servicios públicos. Basta mencionar que en este 2015 hay cinco municipios –Teya, Dzidzantún, Dzilam González, Dzoncauich y Telchac Pueblo— donde más de una cuarta parte de la población no tiene acceso a agua entubada, que más de 15 mil hogares no cuentan con energía eléctrica y que una tercera parte de los hogares siguen utilizando leña y carbón como combustible.

La enorme riqueza de nuestra selva yucateca deriva de la gran biodiversidad que alberga y es nuestra principal generadora de agua, sin embargo, cada minuto dos hectáreas se ven seriamente afectadas. Hay esfuerzos muy significativos por mejorar esta condición pero el tiempo apremia.

Ante este panorama tan desigual y contrastante, tan lleno de historias desgarradoras, tan saturado de momentos entrañables y oportunidades palpables, los yucatecos debemos de organizarnos para identificar, pero sobre todo para resolver, los problemas que nos atañen. En esta tarea, debemos aprovechar las oportunidades que existen, sin caer en la tentación de suponer que alguien más se tomará la molestia de hacerlo, y sin caer en la arrogancia de suponer que uno lo puede y lo sabe todo. Es tan importante presionar a las autoridades cuando las cosas no marchan bien como reconocerlas cuando toman decisiones acertadas. Pero solo aplaudir o por el contrario, quejarse son acciones estériles que no construyen ciudadanía y afianzan el estatus quo.

Con la paciencia y la complicidad de ustedes, queridos lectores, a través mis colaboraciones al Diario de Yucatán, identificaré y describiré las oportunidades y los retos que enfrenta el estado. Narraré historias y momentos que ilustren los fenómenos sociales, económicos y políticos que se viven. Analizaré estos fenómenos contra la realidad del resto del país y de otros rincones del mundo. Por mi profundo cariño a Yucatán. Por Yucatán.

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En 140 caracteres: Hace 40 años, al norte de Mérida un pozo a 8mts de profundidad daba agua potable, hoy se necesita bajar a más de 35. Más claro ni el agua.

 

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