Obsesionados con el poder: Reflejos de Argentina

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Escrito por Alejandro Legorreta

Publicado en Reforma 

“Una nación está en peligro cuando su presidente habla todos los días y se cree la persona más importante del país”.

Arturo Illia, Presidente de la Nación Argentina (1963-66)

La obsesión con el poder, combinada con debilidad institucional, arruina proyectos, economías y sociedades enteras. Cuando los líderes políticos se sienten superiores a las personas que representan, pierden contacto con la realidad, subordinan el interés público al personal y desdeñan los daños de las decisiones que toman.

En 1914 Argentina gozaba de un PIB per cápita superior al de Alemania, Francia e Italia, presumía la primera red de trenes subterráneos de América Latina y competía mano a mano en crecimiento económico con los Estados Unidos. Un siglo más tarde, la economía es vulnerable a vaivenes en los precios internacionales de materias primas, los argentinos guardan cerca de 40 mil millones de dólares debajo del colchón por desconfianza en los bancos y el gobierno hace malabares para esconder una inflación y un déficit fiscal insostenibles.

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar Buenos Aires y platicar con el economista Ricardo Arriazu, experto en la historia económica de su país y autor del libro Lecciones de las crisis argentinas. Según Ricardo, desde hace un siglo, lo único estable en Argentina es la persistencia de la inestabilidad económica, independientemente del modelo aplicado y de la ideología del gobierno. Basta mencionar que desde 1940 Argentina se ha declarado en bancarrota seis veces, contra cuatro de Venezuela, tres de Brasil y una de México.

Para identificar los orígenes de las crisis argentinas es importante recordar que la actividad económica de cualquier país está condicionada, en gran medida, por el conjunto de instituciones y valores que las rigen. La importancia de las instituciones radica en que proveen un piso mínimo de certidumbre a partir del cual es posible calcular y asumir los riesgos de invertir y desarrollar cualquier actividad económica. Sin ese piso mínimo, invertir y emprender son apuestas donde el ganador suele ser quien es capaz de “cargar los dados” con la colusión del gobierno.

Las elecciones presidenciales que se celebrarán en Argentina el próximo 25 de octubre están sacando a relucir este viejo problema. Si bien la presidenta Cristina Fernández no podrá reelegirse por segunda ocasión, está aprovechando la debilidad institucional de su país para gastar más de lo que tiene y garantizar la victoria de su candidato en un contexto de crisis económica. La conducta de Fernández es análoga a la de antecesores suyos como Juan Perón (1946-55, 1973-74) y Carlos Menem (1989-99), quienes privilegiaron “remedios mágicos” sobre la difícil pero necesaria tarea de construir un Estado de derecho.

El escenario para las elecciones presidenciales de 2015 es distinto al de 2011, cuando Cristina Fernández no tuvo problemas para reelegirse porque Argentina se encontraba en medio de una burbuja internacional de commodities y el gobierno no padecía los efectos de no poder contratar créditos en el exterior. Desde entonces, materias primas como la soja han perdido 44% de su valor, por lo cual el gobierno ha optado por avasallar a la oposición en el Legislativo y por entrometerse en el Judicial para privatizar las pensiones de los trabajadores, expropiar una empresa petrolera y tomar el 38% de las reservas del Banco Central para subsidiar los precios de la luz, la gasolina, el gas natural y el transporte público.

La obsesión de Fernández con el poder no es ni nueva ni única. La historia está llena de López Portillos que hipotecaron el futuro de sus países por ambiciones desmedidas. Lo valioso del caso argentino es el recordatorio de la combinación explosiva de obsesión con el poder e instituciones débiles. Evitemos que su 2015 se convierta en nuestro 2018, recordando que la democracia no sólo requiere de elecciones periódicas sino de instituciones robustas y de un Estado donde la corrupción no sea necesaria para invertir y desarrollar cualquier actividad económica.

Che! Argentina es un gran país, busquemos replicar sus aciertos, pero también aprendamos de sus errores.

 

 

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