Nos jugamos el futuro de México

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma

 

“La mayor parte de los problemas del mundo se deben a la gente que quiere ser importante”
T. S. Eliot

La molestia en la espalda que parecía tolerable se convirtió en una lesión de médula espinal que amenaza con paralizar al paciente. El dolor que durante años sólo requirió de aspirinas y ungüentos ya no cede ni con los analgésicos más potentes.  Y aunque los especialistas ya recetaron algunos remedios congruentes con la magnitud de la lesión, el paciente insiste en minimizar el problema. Tanto se ha dicho al respecto y tan claras son las alternativas que sus amigos, familiares y colegas del trabajo ya no le creen cuando les dice que dentro de poco se someterá al tratamiento. Lo peor es que la agonía personal ya se convirtió en una urgencia colectiva porque el costo de la negligencia está alcanzando niveles incontrolables. Algo similar sucede con la corrupción en México.

Para muestra basta mencionar que en 2014 obtuvimos una calificación de 35 puntos de 100 posibles –y el lugar 103 de 175 países— en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional, y que esta calificación es consistente con los indicadores del Banco Mundial sobre control de la corrupción, donde en 2013 obtuvimos una calificación de 39 puntos de 100 posibles –y el lugar 122 de 210 países—. Si a esto sumamos que 54 por ciento de los mexicanos no cree que Joaquín “el Chapo” Guzmán se escapó por el túnel que identificaron las autoridades (http://bit.ly/1ObCLdC) y que 54 por ciento no cree que el Sistema Nacional Anticorrupción sirva para reducir la corrupción en México (http://bit.ly/1CLnOy5), no queda duda de que estamos ante una crisis de proporciones mayores. El Estado mexicano no sólo está carcomido por niveles alarmantes de corrupción, sino que está encabezado por un gobierno con niveles pobrísimos de credibilidad en ojos de una amplia mayoría. ¿Qué podemos hacer al respecto?

Lo primero es vigilar que se castigue consistentemente a quienes hayan incurrido en actos de corrupción, sin importar su puesto o cercanía al Presidente. La experiencia del sector privado indica que las conductas de los líderes son uno de los factores más determinantes de las conductas del resto del personal de una empresa: a mayor negligencia y corrupción de los líderes, mayor probabilidad de que los empleados sean negligentes y corruptos (http://bit.ly/1JpgtBh). El mejor antídoto contra este venenoso “aprendizaje por ejemplo” no es imponer sanciones “ejemplares” a un puñado de gerentes y ejecutivos de nivel medio, sino castigar consistentemente a todos los culpables sin importar su lugar en la cadena alimenticia. Brasil puso el ejemplo recientemente arrestando a Marcelo Odebrecht, presidente de la compañía de ingeniería y construcción más grande de América Latina, por liderar un esquema de sobornos que costó más de 2,100 millones de dólares a la petrolera estatal Petrobras (http://bit.ly/1KezcoR). El arresto de Odebrecht también es relevante por sus vínculos personales con el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-11), lo cual sugiere que la cercanía con la cúpula política ya no es garantía de impunidad en Brasil.

Lo segundo que podemos hacer es dejar de tratar a la corrupción como un problema administrativo. La razón por la cual en tan solo 10 meses lo que comenzó como un problema de corrupción reprobable pero acotado se convirtió en una crisis de credibilidad insostenible y generalizada es que, en vez de reconocer el problema, rendir cuentas sobre sus orígenes y castigar a los culpables, el gobierno se refugió en medidas administrativas triviales en función la gravedad de los hechos. La corrupción ya no es un problema menor y administrable que se pueda resolver girando órdenes para investigar los sucesos “hasta las últimas consecuencias” y supervisando el trabajo de funcionarios sin poder real para transformar el estatus quo. Combatir la corrupción en medio de una tormenta de credibilidad no sólo requiere de creatividad para imaginar soluciones novedosas, sino también de liderazgo para implementarlas ante la resistencia política y burocrática de cientos de funcionarios. El reto es mayúsculo pero vale la pena. Nos jugamos el futuro de México.

 

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