La corrupción “chiquita”

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma Negocios el 2 de febrero de 2016

 

La mayoría de los mexicanos coincidimos en que la corrupción es el problema de nuestros problemas, la causa, el origen de muchas cosas que quisiéramos cambiar de nuestro país. La mayoría también coincidimos en que la corrupción es el lastre que nos impide detonar el potencial de nuestras empresas, y el dique que mantiene a nuestra sociedad estancada.

Y es que la mayoría seguramente sabemos que la corrupción nos cuesta el 9 por ciento del PIB anualmente. Que es el principal factor que inhibe un buen entorno de negocios. Que es la mejor manera de desalentar los proyectos de inversión de las empresas. Que roba el 14 por ciento de los ingresos de nuestras familias.

Estos son los datos de la corrupción que conocemos y escuchamos a diario. Son los datos que, a raíz de una serie de escándalos en el gobierno, motivaron enormes y admirables esfuerzos para combatirla. Algunos surgieron del congreso, otros de las cámaras empresariales, muchos de la sociedad civil. Son la semilla del Sistema Nacional Anticorrupción. La chispa del #3de3 del IMCO. El motor de las candidaturas independientes.

Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos, los indicadores no se han modificado sustancialmente. En el Índice de Percepción de la Corrupción que elabora Transparencia Internacional, seguimos siendo el país más corrupto de la OCDE y ocupamos el lugar 95 a nivel mundial. Los resultados no se ven ni se sienten. Por el contrario, la percepción de la ciudadanía cada vez es peor.

Por eso hoy sentimos que las grandes ideas quedan en papel, mientras nos convertimos en espectadores pasivos de un desfile de escándalos. Uno más indignante que el otro. El de hoy más desesperanzador que el de ayer.

Pero ha llegado el momento de ir más allá. Y para ir más allá, empecemos por lo más básico. Reconozcamos que el debate sobre la corrupción está roto, y que por eso hoy somos testigos de dos grandes debates sordos en México. Uno, que se mantiene en las élites, en las instituciones, en el círculo rojo, que se basa en grandes indicadores y se cuenta en miles de millones de dólares. Otro, que se ubica a ras de piso –en las calles, en los hogares y en las oficinas—, que gira en torno a personas, que se manifiesta en la cotidianidad y se cuenta en billetes y monedas.

Dos grandes debates que nos han hecho perder de vista que la corrupción nos atañe a todos, no sólo a la clase política. Porque la corrupción, así como nos afecta, también nos puede beneficiar, aunque sea de manera pasajera y engañosa.

Me refiero a la otra corrupción, la de todos, la “chiquita”. La que no vemos en los diarios, pero nos facilita los trámites con el gobierno. La que nos ahorra dinero en multas y nos permite estacionarnos en lugares indebidos. La que decimos que no afecta a nadie para no sentir culpa. La que puede servir como herramienta para resolver problemas cotidianos, pero que también es una puerta para entrarle a la corrupción “grandota”. A la de la clase política. A la de los pseudo empresarios. A la que leemos en los diarios y nos indigna.

Esta corrupción, la “chiquita”, la que sirve como puerta para la corrupción “grandota”, es la corrupción que hemos dejado de ver por conveniencia, por costumbre, pero que no podemos dejar de sentir. Es la corrupción que nos hace permisivos. La que destruye la innovación de los emprendedores, premia los contactos con el gobierno y acaba con los sueños de los estudiantes.

Si hay políticos que saquean las arcas públicas es porque no enfrentan consecuencias legales. Y porque se los permitimos. Es más, porque nos resulta conveniente para justificar nuestra corrupción, la “chiquita”, la que creemos que no afecta a nadie.

Por eso propongo que nos apropiemos del debate sobre la corrupción en México. Que lo acerquemos a la ciudadanía. Para exigir un alto a la impunidad de la clase política y de los pseudo empresarios, al mismo tiempo que dejamos de ser permisivos con la corrupción cotidiana, la de nuestras familias, negocios y escuelas.

Ojo, no se trata de diluir la responsabilidad del gobierno y de los pseudo empresarios. Todo lo contrario. Se trata de extender el combate a la corrupción a otras fronteras, hasta las raíces. Porque nosotros, los ciudadanos, tenemos la llave del cambio y de la alternancia. Que nunca se nos olvide.

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