Javier Duarte, ¿un modelo a seguir?

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma Negocios el 25 de abril de 2016

 “El hombre de Estado debe tener virtudes magnánimas y carecer de las pusilánimes”
José Ortega y Gasset

“Veracruz pasa por tiempos difíciles”, no importa cuantas veces se diga esa frase, puesto que estamos hablando de uno de los estados más bellos del país, con mayor diversidad y con personas alegres y trabajadoras. Un magnífico estado que ha pasado por los más terribles momentos en los últimos años. Ya sea por las decenas de periodistas asesinados, por los cientos de desaparecidos, por los Porkys, por la deuda que carcome al estado, por la impunidad, o por el pésimo gobierno que tiene. A pesar de todo esto, Veracruz es grande y saldrá adelante, porque los gobiernos vienen y van pero el valor de los veracruzanos permanece.

Es un hecho que ese bello estado del Golfo está en el ojo del huracán por ser año electoral y tener la tercera lista nominal de electores más grande del país. En este sentido, Javier Duarte no está errado cuando afirma que el origen de las críticas a su gobierno obedece a una lógica político-electoral.

Sin embargo, ¿quién puede negar que el gobierno de Duarte ha tomado pésimas decisiones que sólo le pasan factura a la ciudadanía? Una de ellas, de muchas, es la referente a la deuda que el gobierno del estado tiene con la Universidad Veracruzana.

Al día de hoy, la deuda suma más de 2 mil millones de pesos, monto que el gobierno del estado se ha negado a pagar sistemáticamente. Además de ello, el presupuesto para la UV en 2016 fue reducido a razón de 172 millones de pesos con respecto al 2015. Total, la educación puede esperar.

¿Cuál ha sido la respuesta ante estos hechos? Javier Duarte ha optado por irse por las ramas y por tecnicismos legales. Ha insistido en argumentar que los apoyos estatales que recibe la UV son subsidios; es decir, recursos voluntarios y, por lo tanto, no obligatorios. Bajo el pretexto de que los Convenios de Apoyo Financiero que firma el estado con la SEP y la UV dicen que cada parte apoyará “dentro de sus posibilidades presupuestarias”, este góber ha decidido hacerse de la vista gorda en la asignación de recursos. Parece que poco le importa que el artículo 13 de la Ley Orgánica de la UV claramente diga que una fuente del patrimonio de la universidad proviene del gobierno estatal. Parece que tampoco le importa que el Secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, recorra el país señalando que la educación en México está cambiando. Parece que aún menos le importa que miles de jóvenes jarochos sufran las consecuencias de estas decisiones irresponsables.

Pero más allá de los detalles del caso, vale la pena pensar en los costos que se pagan por mantener a la UV en agonía presupuestal. Estamos hablando de una de las universidades más grandes y de mayor prestigio en el país. El impacto social dentro de su región es brutal, con una matrícula de 79 mil alumnos, 74 facultades y 18 centros de investigación dispersos a lo largo del estado. Por si esto no fuera razón suficiente, recordemos que Veracruz es un estado con casi cinco millones de personas en pobreza y cuyo porcentaje de pobreza se encuentra 12 puntos por encima de la media nacional.

Fuera de los bisneros (algunos ya conocidos, otros no tanto) que se han enriquecido en este gobierno jarocho, ¿qué empresario o político serio puede argumentar que el gobierno de Javier Duarte se distingue por su transparencia, eficiencia e impulso al desarrollo económico y social?

Un impacto igual de importante y trascendente para nuestra sociedad es el modelo o “role model” que se construye a partir de políticos no deseables. ¿Cuántos jóvenes que aspiran ingresar a la política pueden tomar como modelo a Duarte? ¿Qué tipo de aspiración puede tener un joven al observar ejemplos como éste? Me parece que la respuesta es más que evidente.

De hecho, el impacto trasciende mas allá, pues gobiernos como el de Veracruz sólo alimentan ese caldo de cultivo para detestar la política y caer en el error de generalizar a todos los políticos. No todos son iguales, pero desafortunadamente así se percibe y se denigra tan honorable servicio. Lo mismo sucede con las personas que se han enriquecido mediante transas con funcionarios. Estas personas se ostentan como empresarios, pero no lo son, son bisneros, y la diferencia entre un empresario y un bisnero es abismal. Los jóvenes pueden caer en la misma confusión.

Querido lector, sin duda es más sencillo y cómodo sólo hablar de las cosas buenas que suceden en México, que por fortuna son muchas. Más aún cuando se goza de una condición socioeconómica estable, pero ¿no debería ser esta una condición que nos exija más como mexicanos? Ignorar que tenemos un grave problema de corrupción e impunidad sólo puede ser útil para aquéllos que se benefician de este modelo. Yo no estoy dispuesto, ¿y tú?

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