Imaginar y construir el país que queremos

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Escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma

 

“Cualquier poder si no se basa en la unión es débil”.

Jean De La Fontaine.

La reforma educativa aprobada en el año 2013 no sólo es una oportunidad histórica para transformar la relación política, laboral y administrativa entre el Estado y el magisterio; es una oportunidad única –y quizá irrepetible— de imaginar y construir el país que queremos.

De acuerdo con Mexicanos Primero, sólo tres de cada 100 jóvenes mexicanos egresados de secundaria tienen el nivel de inglés previsto por la SEP para acreditar la secundaria. Además, en el año 2015, sólo 12% de los alumnos de educación media superior evaluados en la prueba Planea MS del INEE registraron el nivel más alto de comprensión lectora y un ínfimo 6% registraron el nivel más alto de dominio de matemáticas. No es coincidencia que en el año 2012 México haya ocupado la posición 42 de 65 países evaluados en comprensión lectora y matemáticas en la prueba PISA de la OCDE.

Si los retos que enfrentamos son tan grandes como las oportunidades que la reforma educativa está abriendo, es ineludible preguntar: ¿por dónde debemos empezar? Una respuesta en sintonía con los cambios económicos y sociales que vivimos a diario es encaminar al Sistema Educativo Nacional a la inserción plena de México en la sociedad del conocimiento. Este camino vale la pena porque facilitaría la creación de riqueza, nos colocaría en igualdad de condiciones para competir con el resto del mundo y nos permitiría aprovechar tecnologías que incrementarían la prosperidad de millones de mexicanos.

Un primer paso para transitar a la sociedad del conocimiento sería incrementar la calidad de la enseñanza de inglés y matemáticas en México. El reto es enorme considerando que la memorización y la repetición siguen siendo las técnicas pedagógicas preferidas por los maestros, que 66% de los docentes que participaron en los concursos de promoción organizados por la SEP en junio-julio del año 2015 registraron un nivel “no idóneo” de conocimientos y que 86% de las escuelas públicas de educación básica no cuentan con un solo maestro de inglés en sus filas.

Un segundo paso igual de importante sería incrementar la efectividad del gasto en educación en México. Si bien el gobierno invierte 6.2% del PIB en educación anualmente –una inversión cercana a la media de la OCDE y equivalente al 20.5% del gasto público total—, este gasto no parece estar contribuyendo a mejorar la calidad de la educación en México.

Una razón poco mencionada de este problema es que algunos de los programas y los apoyos que ofrecen la SEP y los gobiernos estatales suelen anteponer intereses políticos y promocionales a la funcionalidad de las iniciativas. Un ejemplo claro es la repartición de tabletas y laptops a estudiantes de quinto y sexto grados de primaria sin asegurarse de que los docentes cuenten con las herramientas necesarias para incorporarlas a la enseñanza y de que las escuelas cuenten con la infraestructura necesaria para que los alumnos puedan aprovecharlas. Vale la pena tener esto en mente, sobre todo ahora que el gobierno planea colocar deuda por 50 mil millones de pesos en la Bolsa Mexicana de Valores para mejorar los planteles educativos.

Si bien es cierto que Aurelio Nuño encabeza un equipo de servidores públicos talentosos, conocedores de la educación y curtidos en negociaciones políticas, aprovechar la reforma educativa para insertarnos plenamente en la sociedad del conocimiento requiere de la participación y el esfuerzo de alumnos, padres de familia, maestros, directores, y representantes de los tres niveles de gobierno. Será fundamental la cercanía y apertura del nuevo Secretario de Educación Pública con los cientos de miles de maestros, sin ceder a los chantajes de cúpulas sindicales corruptas.

La lógica, la historia y la experiencia en otros países nos dicen que las grandes transformaciones y la solución de problemas estructurales como la educación dependen de mucho más que de la buena voluntad de un líder o de un puñado de personas. Aurelio Nuño es el principal responsable y puede ser el instrumento del cambio de la educación pública en México, pero requerirá de la participación y el compromiso de todos los mexicanos. Sin excepción.

 

 

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