Hacia un nuevo paradigma de movilidad

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en el Diario de Yucatán el 19 de abril de 2016

 

A finales del año pasado, el gobernador Rolando Zapata anunció la cancelación del pago de la tenencia de los automóviles registrados en Yucatán a partir de 2016. Esto como una medida para fortalecer el consumo interno de Yucatán; así alrededor de 220 millones de pesos regresarían a los bolsillos de las familias, que ahorrarían o gastarían ese dinero en alguna otra necesidad.

Aunque considero que la razón detrás de esta medida es bienintencionada, me parece que los resultados de este tipo de políticas pueden ser contraproducentes, a mediano y largo plazo, para la población que justamente se debe favorecer. Esto por dos razones. La primera es porque el pago de la tenencia es un impuesto dirigido a un sector de la población de altos ingresos, por lo que los beneficios de la exención están muy localizados. La segunda es porque el crecimiento urbano desorganizado, junto con la carencia de una política de transporte público integral, genera problemas de movilidad y, a la larga, contaminación, tal como se ve hoy en la Ciudad de México, modelo del cual debemos alejarnos.

Al contrario de lo que nos dictan los paradigmas clásicos de bienestar y progreso, la mejor forma de buscar el ahorro de los ciudadanos y sus familias no radica en el fomento al automóvil sino en el desarrollo de un transporte público eficiente y seguro. Es ahí donde deberíamos invertir como sociedad, de modo tal que haya mejores condiciones de movilidad para nuestra población.

Empecemos por el hecho de que el pago de la tenencia estaba dirigido sólo a los coches cuyo valor superara los 300 mil pesos, lo cual limita el impacto de la exención a un grupo en específico. Así también, se calcula que en Yucatán el parque vehicular es de alrededor de 660 mil vehículos, lo que representa apenas la tercera parte de la población del estado. Las otras dos terceras partes de la población usan medios alternativos al automóvil para trasladarse. Esto sin tomar en cuenta los usuarios que usan más de un coche, por lo que quizá el porcentaje de la población que hace uso de los mismos es todavía menor a un tercio.

Todo lo anterior implica que la tenencia es un impuesto que lo pagan típicamente las familias con mayor poder adquisitivo y no la gente en condiciones económicas más precarias. De tal forma que la naturaleza del impuesto era progresiva, es decir, que era un impuesto que tomaba en cuenta las disparidades en ingreso para un bien de consumo final y privado y dejaba relativamente libre de gravamen a los que menos tienen.

Por otro lado, se puede decir que la historia de la urbanización a lo largo de México demuestra que nuestras ciudades han crecido de forma desordenada, con servicios públicos desarticulados y ello ha generado una serie de problemas que impactan directamente en la calidad de vida de sus pobladores. La Ciudad de México es un claro ejemplo de lo anterior; con poblaciones periféricas a lo largo de toda la ciudad, embotellamientos constantes (la velocidad promedio de la CDMX es de 15 km/h, y en horas pico es de 6 km/h) y un transporte público que deja mucho que desear, la capital del país se enfrenta ante un claro problema de movilidad urbana.

Es más, la mayor prueba de las fallidas políticas de movilidad en la Ciudad de México se refleja en las recientes contingencias ambientales que han sufrido los pobladores de la ciudad y la inefectividad del programa Hoy No Circula. A falta de un servicio de transporte público integral y de suficiente calidad, combinado con una cultura que ve con desdén el uso de métodos alternativos al automóvil, los habitantes de la Ciudad de México han abusado del carro, por más que éste no siempre sea la mejor alternativa para trasladarse de un lugar a otro.

Guardando las proporciones, Mérida también ha caído en una dinámica parecida. Debido a un proceso de urbanización que inició a principios del siglo pasado y que llevó a la formación de comunidades periféricas como Caucel y Kanasín a lo largo de la ciudad, los servicios públicos han sido insuficientes para cubrir la demanda de los mismos. Ante tales deficiencias, no es casualidad que el crecimiento del parque vehicular en Mérida haya sido seis veces más grande que el crecimiento poblacional durante 2000-2014, de acuerdo al Reporte Nacional de Movilidad Urbana en México 2014-2015 de la ONU.

Ni Mérida ni Yucatán deben de caer en la misma dinámica que ha llevado a la Ciudad de México a ahorcarse en su propia contaminación. De acuerdo a Milenio, en 2013 de los casi millón y medio de viajes que se daban al día en Mérida, 47% se dan en transporte público, mientras que 36% se daba en transporte privado motorizado, ya sea coche privado o taxi, sin contar las motocicletas y mototaxis. Por otro lado, el 79% de las personas que usan el transporte público son de clase media baja, baja y rural. Estos datos revelan que, incluso en términos de movilidad y largas distancias, son las clases más bajas las que dependen más de transporte público y a la vez las que menos pueden moverse. Eso sin contar con los grandes problemas del transporte público en Mérida, que en general es caro, caluroso, con mal diseño de rutas, en resumen, es poco eficiente.

Pudiera parecer que la exención de impuestos a los automovilistas que tienen que pagar la tenencia es una medida que favorece la economía de las familias yucatecas. Sin embargo, los beneficios que se obtienen de medidas como ésta son solo en el corto plazo y los costos se pagan en el largo. Esos mismos 220 millones de pesos que se ahorran las familias que pagaban tenencia podrían recaer en un fondo controlado por la sociedad civil y el gobierno cuyo único objetivo fuera transformar el sistema de transporte publico en Mérida y en todo el estado, un fondo autónomo cuyas características permitan desvincularlo de los vaivenes políticos para así crear una estrategia consistente y de largo plazo, dando como resultado un servicio de transporte publico, eficiente, seguro y amable con el medio ambiente. ¿Qué opina, amable lector?

Una fuerte equivocación en la que podemos caer muchos ciudadanos que buscamos el progreso para nuestro estado es que confundamos nuestras metas de desarrollo económico con el consumo de bienes de lujo. Una famosa frase anónima dice que “un país desarrollado no es aquel donde pobres tienen automóvil, sino donde ricos usan transporte público”.

Pareciera que nuestro país está lejos de esa realidad, pero en Mérida y en general en Yucatán todavía estamos muy a tiempo de cambiar de paradigma e invertir en un futuro donde sea más fácil y deseable dejar el coche en casa porque hay alternativas más rápidas y eficientes para llegar a nuestro destino.

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En menos de 140 caracteres: En el último Ranking de Ciclociudades 2015 del ITDP, Mérida es la ciudad 6 de 30 para el uso de la bicicleta. Nada mal.

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