Gobierno de Psicólogos

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En este texto, Alejandro Legorreta aborda el tema de la “política pública conductual” a través de algunos ejemplos de éxito y el impacto que podría tener en nuestro país.

Artículo escrito para el Instituto VIF por Alejandro Legorreta.
Publicado el miércoles 19 de marzo de 2014 en el Periódico Reforma.

 

 

Con el título de estas líneas estoy refiriéndome a una nueva forma de planear y actuar de los gobiernos para incidir de manera más efectiva en las decisiones que toman los ciudadanos: behavioral public policy o “política pública conductual”.

 Las autoridades tratan de muchas formas de alterar nuestras decisiones: prohíben fumar en lugares cerrados; instalan “alcoholímetros” sorpresa en las calles para que la gente no sufra accidentes o aprueban un impuesto a los “alimentos chatarra” buscando reducir la obesidad.

Algunas de esas medidas han tenido éxito. Por ejemplo, las autoridades de la Ciudad de México señalan que el “alcoholímetro” ha contribuido a reducir 30 por ciento los accidentes de tránsito fatales. Pero otras, como el impuesto a la “comida chatarra”, encuentran más dificultades en demostrar con datos una causalidad lineal entre mayor precio, menor consumo de estos productos y, a la larga, menores índices de obesidad.

Así, la pregunta que se han hecho algunos gobiernos es cómo influir en la sociedad de manera más efectiva cuando las leyes, prohibiciones e impuestos no son suficientes. Para ello, han echado mano no de abogados o contadores, sino de psicólogos y economistas conductuales. Entre los más destacados exponentes de esta nueva corriente están Cass Sustein y Richard Thaler, autores del libro ”Nudge: Improving Decisions About Health, Wealth and Happiness”.

El Reino Unido reunió en 2009 a un grupo de expertos en estos temas y patrocinó el estudio “MINDSPACE”, que elaboró un mapa de recomendaciones de política pública basado en un nuevo paradigma sobre los cambios en la conducta humana. Éste toma distancia del enfoque tradicional de conducta “racional” y en su lugar desarrolla un “modelo conductual de contexto”.

Fue tal el impacto de las conclusiones de MINDSPACE, que el Gobierno británico creó el “Equipo de Comprensión Sobre la Conducta” (Behavioral Insights Team – BIT) que hoy asesora a todos los ministerios a diseñar políticas públicas que tengan en cuenta “no cómo se supone debería comportarse la gente, sino cómo se comporta realmente”.

Hay ya casos de éxito. Por ejemplo la colocación de una cinta amarilla en los carritos de supermercado, separando una zona para frutas y verduras del resto de la mercancía. ¿El resultado? Un incremento en la compra de alimentos sanos como porcentaje de las compras totales, usando simplemente un truco de la percepción y de la mente: pocos quieren dejar vacía la parte del carrito destinada para “comida sana”.

La misma Casa Blanca puso en marcha su propia versión: el Equipo de Ciencia Social y Conductual que ya asesora a la Administración Obama.

¿Debe México quedarse atrás? Estoy convencido de que no, y por eso debería explorarse la posibilidad de que el Gobierno Federal cuente con una oficina similar que haga sugerencias de políticas públicas con fundamento en estudios conductuales. Si en la iniciativa privada se toma tan en serio el lanzamiento de nuevos productos y las grandes empresas hacen esfuerzos por conocer mejor la mente de los consumidores, tal vez convendría preguntarse si el Gobierno podría adoptar con esa misma profundidad los análisis de Política Pública Conductual. De este modo, las políticas públicas se podrían diseñar e implementar con una mejor comprensión del ciudadano y su entorno, fortaleciendo con ello su impacto positivo.

Al final del día,

 Yo, al igual que la gran mayoría de los mexicanos quiero que a México le vaya mejor y —sin importar los colores que el Gobierno en turno tenga— cada vez obtengan mejores resultados con mayor transparencia. Pedir que el Gobierno Federal consulte a psicólogos —y a economistas conductuales— para gobernar mejor, no me parece, después de todo, una mala idea.
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