Gatopardo empoderado

Share Button

gatopardogde

Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma Negocios.

“Ahí están los documentos que respaldan la actuación responsable de los senadores del PRI y de los senadores del Verde, cumpliendo a los ciudadanos” —Pablo Escudero, Senador del PVEM

 

La semana pasada el país recibió una magnífica noticia. Se aprobaron las siete leyes que conforman el Sistema Nacional Anticorrupción y que servirán como base para detectar, perseguir y sancionar a quienes cometen actos de corrupción en México, coludidos en redes públicas o privadas.

No obstante, el ambiente que se respira es de derrota. Basta un vistazo a las redes sociales o una charla de café para percatarse de que, en efecto, la sociedad está de malas. Es más, no recuerdo que los mexicanos estuviéramos tan de malas desde la crisis de 1995.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué en este momento histórico los sentimientos de la nación son una mezcla de enojo, frustración y desesperanza? ¿Acaso perdimos nuestra capacidad de apreciar que los grandes cambios se sigan dando por la vía institucional? ¿En verdad no hay nada que celebrar?

Para responder a estas preguntas, es necesario recordar que el debate de la semana pasada no fue un suceso aislado en la vida política de México. Fue el desenlace de dos años —qué va, ¡de dos décadas!— de exigencias sensatas y razonables a una clase política que se ve peligrosamente cómoda con la corrupción, por más que ante los micrófonos y las cámaras se diga comprometida a combatirla.

Como muestra, va un frasco de botones. Según el IMCO, de 2000 a 2013, fueron exhibidos 71 casos de corrupción de 41 gobernadores, pero de éstos, sólo cuatro fueron castigados. Por si fuera poco, ningún analista, consultor o candidato me dejará mentir cuando afirmo que en México resulta prácticamente imposible ganar una elección sin recurrir a financiamiento ilegal, sea público o privado. Para rematar, querido lector, dígame qué le viene a la mente cuando escucha palabras como “Ayotzinapa”, “Higa”, “Porkys” y “casa blanca”.

Fue en este contexto en el que se aprobaron las siete leyes anticorrupción de la semana pasada. Siete leyes que si bien representan una magnífica noticia para la sociedad mexicana, nos dejan con la sensación de que no pasará nada. Todos vimos el voto “disciplinado” del bloque PRI-PVEM para frenar la #Ley3de3. Todos vimos a esos partidos dándole la espalda a la ciudadanía. ¿Y qué sucede con los senadores que representan los intereses de Morena, el PAN, el PRD y el PT, quienes, con su ausencia, favorecieron al bloque pro opacidad? ¿En verdad esperan que les creamos que la ausencia del número exacto de legisladores necesarios para que el bloque PRI-PVEM tuviera mayoría fue mala suerte? ¿En qué mundo viven?

Porque ojo, la sensación de que no pasará nada no es consecuencia de la vanidad de los líderes de las organizaciones de la sociedad civil, mucho menos del calor de las redes sociales; es el producto de la coreografía de cinismo, simulación, patrimonialismo y prepotencia que condujo el debate parlamentario de la semana pasada. Un debate que exhibió de cuerpo completo a una clase política adicta al dinero público y fuera de sintonía con las exigencias de los ciudadanos.

Cierto, la publicidad de las declaraciones patrimoniales, fiscales y de intereses no es una condición ni necesaria ni suficiente para el correcto funcionamiento del Sistema Nacional Anticorrupción. Sin embargo, por al menos dos razones, su aprobación habría sido de gran relevancia.

Primero, expertos internacionales coinciden en que la publicidad de las llamadas “3 de 3” es de gran utilidad para detectar casos de corrupción en países donde existen las instituciones y las herramientas jurídicas para perseguir estos delitos. Con el paso del tiempo, el Sistema Nacional Anticorrupción nos dotará de esas instituciones y de esas herramientas. Obligar desde ahora a todos los servidores públicos a publicar su “3 de 3” empoderaría al Sistema, permitiría detectar y castigar a más corruptos y ayudaría a prevenir nuevos casos.

Segundo, no debemos menospreciar el plano simbólico; por el contrario, en este momento histórico su relevancia es fundamental. Somos más quienes queremos erradicar la corrupción en México. Somos más quienes estamos hartos de ver escándalo tras escándalo de corrupción política. Ante esta realidad y con los antecedentes mencionados arriba, lo menos que esperábamos era un gesto de seriedad, responsabilidad y sensatez con la ciudadanía. Al rehusarse a aprobar la Ley 3 de 3 en los términos propuestos por más de 630 mil ciudadanos, nos confirmaron que “ni nos ven ni nos oyen”, que nuestros problemas y preocupaciones pasan a segundo plano cuando se trata de su riqueza.

Señoras y señores, aquí no hay gato encerrado, aquí hay gatopardo empoderado.

Share Button