El riesgo y la oportunidad

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma

“La imagen más importante de la democracia, aquella a la que recurren las instituciones, es la del ciudadano responsable y preocupado por el bien público”.
Alain Touraine

 

Entre los resultados de la elección del pasado domingo destaca la victoria de candidatos que basaron sus campañas en mensajes antipartidos y antisistema. Algunos como Jaime Rodríguez “El Bronco” (Nuevo León) y Pedro Kumamoto (Distrito 10 de Zapopan) lo hicieron a través de candidaturas independientes, otros como Enrique Alfaro (Movimiento Ciudadano, Guadalajara) y Cuauhtémoc Blanco (Partido Socialdemócrata, Cuernavaca) lo hicieron a través de partidos políticos pequeños. La virtud de todos fue una capacidad extraordinaria de canalizar el hartazgo y disgusto de la ciudadanía a proyectos políticos que ofrecen un cambio esperanzador. Lo alentador de su victoria es que inyecta competencia a un sistema político caracterizado por partidos anquilosados y alejados de la ciudadanía. Sin duda debemos celebrar el ascenso de los independientes, que con audacia, trabajo y creatividad lograron cimbrar el tablero electoral mexicano.

Otro saldo relevante relacionado con el ascenso de los candidatos independientes es la fragmentación del sistema de partidos. De hecho, el número efectivo de partidos –un indicador de fragmentación utilizado en las ciencias políticas— pasó de 4.2 en 2012 a 5.7 en 2015. La mecánica de la fragmentación se explica con el ascenso de Morena (+8.4%), del Partido Encuentro Social (+3.3%), de Movimiento Ciudadano (+2.1%) y del Partido Verde (+0.8%), y con la caída del PT (-1.8%), del PRI (-2.8%), del PAN (-4.9%) y, sobre todo, del PRD (-7.5%).

Aunque la pluralidad y la competencia son ingredientes fundamentales de toda democracia de calidad, es importante recordar que en el año 2000 México transitó a una democracia electoral sin haber terminado de construir el Estado necesario para dicha democracia. Ante esta realidad, el ascenso de candidatos independientes y la fragmentación del sistema de partidos implican un riesgo y una oportunidad.

El riesgo es que el discurso antipartidos y antisistema trascienda el ámbito de las campañas y se convierta en el cemento de un programa de gobierno, movilizando a la sociedad contra los partidos y las instituciones para consolidar liderazgos personalistas, populistas y, eventualmente, autoritarios. Algunos ejemplos recientes son Cristina Fernández en Argentina, Alberto Fujimori en Perú, Rafael Correa en Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela.

La oportunidad es que el hartazgo con los partidos sirva para recuperarlos en servicio de la ciudadanía. Algunos ejemplos recientes son el ascenso del Partido de los Trabajadores de Kurdistán en Turquía como contrapeso al gobierno del populista Recep Tayyip Erdoğan y la renovación del Partido Conservador en el Reino Unido tras años fuera de sintonía con los problemas de la ciudadanía. Los candidatos independientes que resultaron ganadores el domingo pasado pueden fungir como acicates del cambio y fortalecimiento de los partidos políticos, incentivando una competencia sana, fresca e institucional.

Aprovechemos la bocanada de aire fresco que significan la victoria de algunos candidatos independientes y la inyección de pluralidad al sistema de partidos para fortalecer nuestras instituciones y construir el Estado para la democracia que tanto necesitamos. Es responsabilidad de los ciudadanos fungir como contrapeso de los malos gobiernos y vigilar que se cumplan las promesas de campaña. Hagamos lo necesario para que la vía institucional siga siendo la más atractiva para nuestros gobernantes. Evitemos que este momento histórico se convierta en el primer paso de proyectos autoritarios y populistas.

 

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