El Poder Inteligente

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Alejandro Legorreta escribe sobre la importancia del talento ciudadano en la imagen del país y como éste puede utilizarse para atraer inversiones e impulsar su desarrollo.

Por: Alejandro Legorreta

 

 

¿Por qué los goles de Rafa Márquez, los clavados de Paola Espinosa, el mole de Enrique Olvera, los conciertos de Alondra de la Parra, las obras de Gabriel Orozco, la arquitectura de Mauricio Rocha y las películas de Alfonso Cuarón son importantes para el país?

Dos deportistas, un chef, una directora de orquesta, un artista, un arquitecto y un director de cine, los seis mexicanos dedicados a disciplinas muy distintas, pero con una trascendencia tan importante que al final los vincula. Todos ellos son referentes de los sectores donde se desenvuelven y cada que ponen un pie fuera del país se convierten en embajadores de México.

¿Cuál es la razón de que la relevancia y el reconocimiento de estos personajes beneficie en lo individual a los mexicanos y en lo colectivo al país?

El primer argumento que se nos viene a la mente es que su trascendencia en el ámbito cultural refleja, tanto al interior como al exterior, un México desarrollado en ese entorno. Si bien este razonamiento es lógico y correcto, también es cierto que no es completo.

La enorme y principal relevancia de estos actores es que son la mejor materia prima para inyectarle poder a México, un tipo de poder que es difícil de conseguir y fácil de perder, un poder que no sólo abre puertas, sino que genera un imán con una muy potente fuerza de atracción.

Cuando hablamos del poder de una nación, automáticamente pensamos en la capacidad económica o militar de un país, que influencian todo tipo de negociaciones internacionales. Este poder se conoce como “Hard Power”. Es evidente que un Estado como Rusia, que cuenta con 1.2 millones de efectivos, más de cuatro mil aviones de guerra y un presupuesto anual de $64 mil millones de dólares, puede servir para ejercer tácticas coercitivas a la hora de negociar un tratado comercial con algún vecino “menos poderoso”.

Pero existe otro tipo de poder que igualmente sirve para influir en el campo internacional, atraer inversiones y negociar tratados. Hablo de un tipo de poder que no necesita recurrir a la fuerza, no necesita mostrar los dientes o, bien, la cartera. Este poder se conoce como“Soft Power”.

Joseph Samuel Nye, profesor de Harvard en los años noventa, acuñó el término para explicar un poder intangible cuya fuerza radica en la admiración que despierta el país en el exterior y la atracción que genera en el ámbito internacional. Los avances tecnológicos, la educación y el poder creativo han ganado peso sobre el poderío militar y económico de una nación. Nye explica que la principal evidencia de poder ya no será comprobar con recursos un poderío militar y económico, sino la habilidad de cambiar los patrones de comportamiento de las naciones, y ello se logra encontrando un balance entre el hard power y soft power.

El arte, la comida, la arquitectura, el deporte, el emprendurismo y las marcas comerciales son algunas de las variables que integran el soft power, ya que sirven como herramientas para generar admiración por un país. Dicha admiración bien utilizada puede ser convertida en influencia internacional y servir como transformadora de comportamientos. Hoy en día vivimos en una gran interdependencia de naciones y una fuerte y constante conectividad, lo que ha dado mayor empuje a este poder, siendo más rápida y masiva su difusión; es decir, generando mayor influencia y mayor poder.

Cuando hablamos de soft power debemos considerar que éste no está únicamente en manos del gobierno, sino que son actividades que en gran medida dependen de una sociedad activa que busque generar “materia prima” de extraordinaria calidad que sea referente a nivel mundial. No obstante la reputación internacional, la autoridad moral de un país y sus principales actores juegan un papel importante para tener una ecuación exitosa de soft power.

Quizás el gobierno debiera enfocarse en explicar el concepto e importancia del soft power, informar acerca del mismo, impulsar actividades que lo nutran, invertir en la educación de “talentos”, coordinar las acciones entre diferentes órganos gubernamentales y dar seguimiento sobre los avances y alcances de la iniciativa.

En el año 2010 la fundación Institute for Goverment y la revista Monocle publicaron por primera vez un ranking sobre los países con mayor soft power en el mundo. En la investigación utilizaron cerca de 50 variables, tan diversas como el número de medallas olímpicas obtenidas en las últimas olimpiadas, la calidad de la arquitectura, marcas de negocios reconocidas a nivel mundial, número de álbumes en las primeras listas de preferencia de la audiencia, y gastronomía, entre otras.

En 2012, tercer año del ranking, el Reino Unido obtuvo el primer lugar como el país más poderoso del mundo. Eventos como el Jubileo de la Reina Isabel II, las celebración de las Olimpiadas, las 65 medallas obtenidas, 22 álbumes musicales en los primeros lugares de preferencia, y hasta el éxito de la película de James Bond, fueron acciones positivas que ayudaron a difundir la imagen y cultura británica en el mundo, para ser así un imán más atractivo y poderoso.

No fue sorpresa encontrar a los Estados Unidos en el segundo lugar, con marcas de referencia mundial como Apple, Coca-Cola o McDonald’s, lugares tan visitados como Nueva York, sueños tan añorados como los de Hollywood y referencias culturales tan fuertes como Woody Allen en el cine, James Turrell en las artes plásticas, y deportistas como Kobe Bryant, Tiger Woods, o Michael Phelps, entre otros.

Tanto el “soft power como la evaluación o ranking del mismo puede ser muy subjetivo y debatible. Sin embargo, el sentido común nos dice que cuando hay materia prima de calidad, buena imagen y una adecuada difusión, siempre habrá fuerza de atracción y por ello funcionará como un gran imán.

Existe una enorme oportunidad para que México obtenga cada vez más influencia de este tipo, un poder inteligente que invierte en su gente. La materia prima la tenemos, ahora hay que capitalizarla.

Al final, el “soft power es el reflejo de lo que somos y cómo queremos que nos vea el mundo. Esto no depende de reformas en nuestras leyes, pero sí de creernos capaces y trabajar en conjunto.

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