El Bisnero, retrato de un corrupto

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Artículo  escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma Negocios.

Al hombre al cual la comunidad le debe más no es el capitalista en sí, sino el que ahorra e invierte, de tal forma que la propiedad se reproduce y se multiplica en lugar de ser consumida.
–William Augustus Croffut, 1886

Hace dos semanas escribí en este espacio sobre la corrupción en el capitalismo clientelar o, como prefiero llamarlo, capitalismo bisnero, que surge en aquellos países donde el poder político se encuentra pulverizado entre varios actores y por otro lado el sector privado está concentrado en muy pocos. Así ocurre en nuestro país, puesto que no hay un solo partido o político que pueda dictar la agenda, a diferencia de los tiempos de la hegemonía del PRI, mientras que el sector privado ha permanecido concentrado. Sin embargo, todavía falta explicar una parte importante de la historia, y ese es el florido e impresentable personaje sin el cual el capitalismo bisnero no existiría: el bisnero.

Por alguna extraña razón, pareciera que el bisnero se ha convertido en un modelo aspiracional para jóvenes -y no tan jóvenes- emprendedores, que buscan hacerse de un lugar en el mundo de los negocios. Sus formas de hacer bisnes que llevan al dinero fácil pudieran aparentar excelentes modelos de negocios. Sin embargo, querido lector, hay que ser muy claros: este personaje no es un empresario; un empresario tiene cualidades muy distintas, y casi siempre opuestas, a las del bisnero. Veamos.

Primero, el empresario no rehúye de la competencia, mientras que el bisnero busca privilegios con el gobierno. Comparemos a un empresario como Larry Ellison, fundador de Oracle y llamado “el empresario más competitivo del mundo”, con el famoso dueño de grupo Higa. Mientras el primero compite con Microsoft para demostrar que Oracle es la mejor compañía de software del mundo, el segundo funda la mayor parte del crecimiento de su fortuna en contratos con el gobierno. Evidentemente en este último ejemplo, las relaciones son el motor del negocio, y la innovación es solo anecdótica y poco útil.

Segundo, el empresario ve al Estado grande y gordo como un estorbo para hacer negocios, mientras que el bisnero lo ve como un aliado y como la fuente de sus ingresos. No fueron pocos los empresarios mexicanos que en su momento expresaron inconformidad con la reforma fiscal de 2013, puesto que desde su punto de vista el país perdía competitividad. Ésta es una postura empresarial congruente con la visión liberal de que “mientras más crece el Estado, mayor riesgo corre la libertad económica”, sobre todo cuando el gasto no es eficiente. Sin embargo, para muchos bisneros el crecimiento del Estado, sobre todo cuando es poco eficiente y opaco, implica que habrá de sobra contratos de obra pública o compras públicas que podrán aprovechar para cobrar un sobreprecio genero$o; ejemplos de esto hay miles, pero basta mencionar a los dueños de Oceonografía.

Finalmente, se puede decir que el empresario cree en el trabajo y el mérito como valores en sí mismos, mientras que el bisnero opta por el compadrazgo, los favores y los chantajes como formas de operar. Tres buenos ejemplos del primer caso son Alejandro Ramírez, Eduardo Tricio y Daniel Servitje, empresarios de una nueva generación que han logrado que sus respectivas empresas le den la vuelta al mundo, compitiendo al tú por tú con sus pares de otros países. Sin embargo, a la vez que hay brillantes ejemplos, los hay también lamentables. Ahí está el infame #LordRollsRoyce, quien no sólo se hizo de dinero a través de contratos multimillonarios en Michoacán, sino que además gustaba de hacer gala de su prepotencia y cercanía al poder, mismas que lo llevaron a estar prófugo actualmente.

Así los contrastes en nuestro querido México. A la vez que tenemos casos de éxito –de personas que logran innovar en su respectivo sector de la iniciativa privada—, los hay quienes sólo buscan el dinero fácil y mal habido. Se podría decir que, al final, todo se resume en que el empresario genera valor para la sociedad, mientras que el bisnero basa su éxito en negocios corruptos, destruyendo valor, innovación, y competitividad a su paso.

La distinción que propongo podrá parecer menor, pero si queremos empezar a hablar de un tema como el capitalismo bisnero, cuyo motor reside en el financiamiento ilegal de las campañas electorales, tenemos que empezar a llamar las cosas por su nombre. Estos personajes que parecen proliferar a lo largo y ancho de nuestra incipiente democracia son uno de los síntomas más dolorosos del problema de corrupción que padece México. Para resolverlo, el primer paso que debemos dar es decirlo fuerte y claro: estos sujetos no son empresarios, no son un “modelo a seguir” y, mucho menos, generan valor a la sociedad. Son, perdone el lector las malas palabras, simple y llanamente bisneros.

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