Confianza

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en Reforma Negocios el 19 de enero de 2016

“La confianza sube por escalera y baja por ascensor” 
Gonzalo Curbero

 

Además de dinero, una pérdida importante durante cualquier crisis económica es la confianza, porque toda crisis tiene como ingrediente fundamental la carencia de esta variable. La misma confianza que asegura que los prestatarios pagarán sus deudas, que las empresas generarán las utilidades que prometieron a sus accionistas, que los consumidores gastarán el dinero que se pronosticó en los planes de negocios y que la economía crecerá a una tasa suficiente para generar empleo y riqueza. Cuando la pérdida de confianza en un mercado es generalizada, las inversiones se congelan y la actividad económica se paraliza. Así sucedió en la Gran Recesión de 2008, en la Gran Depresión de 1929 y en docenas de crisis regionales como la latinoamericana de 1982 y la asiática de 1997.

No solo en la economía sino en la política, y principalmente en democracias, la confianza juega un papel fundamental. Cuando la confianza en el régimen se erosiona, las coaliciones de gobierno se desmoronan, la competencia electoral se vuelve un trámite y, lo que es peor, la ciudadanía se repliega de lo público y de la política. La principal consecuencia de este repliegue es la fractura del sistema de pesos y contrapesos, la columna vertebral del Estado democrático de derecho.

De 2013 a 2015, la confianza de los ciudadanos en el gobierno de Enrique Peña Nieto se desplomó 19 puntos porcentuales (Reforma 2015). Algo similar sucedió con la confianza en la Suprema Corte, el Congreso y los partidos políticos, cayendo 18, 9 y 5 puntos, respectivamente, durante el mismo periodo. Hoy ningún poder de gobierno despierta confianza por encima del 30 por ciento. Inclusive el Ejército, percibido tradicionalmente como “confiable”, sufrió un desplome de 17 puntos durante el mismo periodo.

Si bien es muy probable que el desmoronamiento de la confianza en el gobierno y las instituciones esté relacionado con la percepción creciente de corrupción generalizada, su origen podría yacer en el episodio más traumático de la historia moderna de México, un episodio que sigue en marcha y cuyo desenlace todavía desconocemos. Este episodio, amables lectores, es el fracaso aparente de la Alternancia (así, con mayúscula), causa principal de que México sea el país latinoamericano más insatisfecho con la democracia. Inclusive, podría ser causa de la victoria simbólica que tuvieron las candidaturas independientes durante el proceso electoral de 2015.

Y es que, en los años previos a la elección del 2 de julio de 2000, el PRI era visto como la encarnación de la corrupción en México, y la oposición, encabezada por el PAN y el PRD, era vista como la alternativa que, al vencer al PRI, nos permitiría resolver nuestros problemas políticos, económicos y sociales. Sin embargo, la alternancia llegó y la corrupción se mantuvo, propiciando el regreso del PRI en 2012 y dando pie a la conclusión de que todos los políticos son corruptos. Depositamos nuestra confianza en la Alternancia y, al sentirnos traicionados, dejamos de confiar en la política. Y así arrancamos 2016: inmersos en una crisis de confianza donde el repliegue de la ciudadanía vacía a las leyes de legitimidad y a la democracia de contenido. Basta mencionar que algunas encuestas estiman que el 60 por ciento de los mexicanos cree que Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán volverá a fugarse.

No obstante, el fracaso aparente de la Alternancia es un proceso inconcluso, y como tal, puede ser revertido. Hay formas en que los ciudadanos podemos innovar y romper con las formas rígidas de la política mexicana. Para ello, les comparto una propuesta. Organicemos foros para que los candidatos a gobernador en las 12 entidades que celebrarán elecciones el próximo 5 de junio debatan sus propuestas de combate a la corrupción. Foros abiertos al público, con un formato fresco y que permitan tanto las preguntas de la ciudadanía como el intercambio fluido de respuestas entre los candidatos.

Una causa importante de la falta de legitimidad de los políticos es que rara vez dialogan con la ciudadanía y casi nunca ofrecen medidas concretas para combatir la corrupción. Celebrar foros para que los candidatos debatan sus propuestas anticorrupción daría información relevante a los votantes, haría más competitivos los procesos electorales y, sobre todo, nos permitiría empezar a recuperar la confianza en nuestras instituciones políticas.

No habrá reforma estructural que funcione a fondo sin que hayamos recuperado la confianza, es la bocanada de oxígeno que requiere el país para destapar su potencial y cambiar verdaderamente. Que 2016 sea recordado como el año en que los ciudadanos reivindicamos la política y lo público para recuperar la confianza.

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