Combatir la corrupción: la llave del crecimiento

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Artículo escrito por Alejandro Legorreta
Publicado en el Diario de Yucatán el 12 de enero de 2016.

 

 

Iniciamos el 2016; nuevo año, mismos retos como país. Una pregunta que debería rondar por todos lados, pero sobre todo en los despachos de empresarios y políticos, es cómo podemos incrementar la inversión en México, y en nuestro caso, Yucatán.

Primero, la explicación. Invertir significa colocar capital para obtener una ganancia futura. Podrá parecer un término abstracto y económico pero lo cierto es que invertir es una elección que tomamos todos los días, cuando invertimos en la educación de nuestros hijos para incrementar la probabilidad de que tengan un buen trabajo en el futuro o cuando invertimos en una casa para conformar un patrimonio y brindarle mayor seguridad a nuestra familia.

Por el lado de los negocios, invertir implica colocar capital, ya sea nacional o extranjero, en actividades productivas que generen riqueza; un círculo virtuoso donde se articulan beneficios para trabajadores, empresarios y gobierno.

Los últimos Boletines de Prensa del INEGI sobre el Indicador Trimestral de la Actividad Económica de los primeros dos trimestres del año pasado revelan que Yucatán tuvo un crecimiento moderado los primeros seis meses del 2015. El primer trimestre tuvo un incremento del 1% real respecto al mismo trimestre del 2014, y el segundo trimestre incluso tuvo un crecimiento de 5.1%. Por otro lado, la contribución que genera Yucatán al crecimiento total real del llamado ITAE fue de apenas 0.01% y 0.07%.

A pesar de ser buenas cifras, es claro que el potencial de Yucatán es mucho mayor y sin duda puede dar mucho más de sí. Su gente y su clase empresarial tienen la disposición de hacerlo. Por ello es importante dar paso a la inversión, que es la mejor herramienta para incrementar la capacidad productiva de cualquier economía. ¿Cómo lograrlo?

La hipótesis por la que me inclino es simple, más no fácil de implementar: combatiendo la corrupción. La corrupción debilita el Estado de Derecho al impedir que haya reglas claras e iguales para todos, lo que también inhibe la inversión. Reducir la corrupción, por tanto, traería beneficios positivos tanto para la inversión como para el crecimiento económico.

En 2015, el observatorio económico México ¿cómo vamos? estimó que la corrupción le cobra a México una factura de 341 mil millones de pesos al año. En otras palabras, cuando la corrupción avanza 10%, perdemos una oportunidad de crecer como país del 2%. Esta realidad no tendría porqué ser distinta en Yucatán.

Un ejemplo de cómo el combate a la corrupción genera las bases necesarias para atraer una mayor tasa de inversión y, en consecuencia, crecimiento económico, nos lo pone Singapur, una pequeña isla al sur de Asia. Cuando obtuvo su autonomía de gobierno en 1959, el combate a este problema se volvió asunto de supervivencia nacional. En unos años, Singapur pasó de ser un país donde las cosas se realizaban a través de sobornos a uno donde el mérito es el camino más seguro al éxito.

Hoy en día, Singapur se mantiene como uno de los países menos corruptos del mundo, siempre dentro de los 10 mejores lugares del Índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional. Además de eso, es un excelente foco de inversiones y de desarrollo económico, con un fuerte sector exportador, su PIB per cápita es de los más altos del mundo.

Sin embargo, no caigamos en la falacia de creer que podemos usar las mismas herramientas que se usaron en Singapur para combatir la corrupción aquí en México. Esos primeros años de reconstrucción institucional fueron impulsados por un fuerte compromiso político de parte de su primer ministro, el afamado político Lee Kuan Yew. Es decir, el proceso de “limpieza” institucional fue en efecto cascada, de arriba hacia abajo, del gobierno hacia la ciudadanía con una estricta política de cero tolerancia hacia la corrupción.

Dígame usted, querido lector, si cree que nuestros gobernantes tienen el interés genuino de comprometerse con una causa así. Sin duda algunos, pero no son mayoría. Por años, se han formulado leyes de transparencia, se han dotado de autonomía a muchos organismos públicos, se han creado órganos de fiscalización y se han establecido reglas de operación en programas sociales, entre tantas otras medidas.

En papel, se han cambiado muchas leyes en aras de disminuir los niveles de corrupción, pero ninguno de estos esfuerzos ha redituado lo suficiente. No es casualidad que la calificación de México en el Índice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional ha permanecido casi intacta desde 1995.

Entonces, la propuesta. Si queremos realmente combatir la corrupción es fundamental que cambiemos el enfoque que usamos para acercarnos a ella. No podemos seguir pensando en cambios que se dan de arriba hacia abajo sino en procesos que desafíen la gravedad, o, lo que es sinónimo en estos casos, el estatus quo.

Tenemos que incluir a la ciudadanía en la ecuación de combate a la corrupción, volverla protagonista en este proceso tan importante. Solo la ciudadanía es capaz de erigir su propio destino y cambiar las inercias que arrastramos desde hace mucho tiempo. Imaginemos una sociedad donde lo público y lo político sean herramientas del cambio social, busquemos alternativas.

En suma, para crecer requerimos inversión, y para invertir más debemos de combatir uno de los problemas más serios de nuestro país, la corrupción. Si crecemos más, habrá mayor movilidad social, más empleos para los yucatecos y mayores oportunidades para todos, es una formula en donde todos ganamos.

Pero para ello, requerimos un nuevo enfoque que vuelva al ciudadano protagonista de un compromiso transversal para combatir la corrupción. Así en Yucatán y así en todos lados.  Como padre de tres hijas, quisiera vivir para heredar un Yucatán y un México más justos y prósperos, para que las generaciones venideras tengan un futuro lleno de oportunidades.

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En 140 caracteres: Según la ENCIG 2013, Yucatán está en el lugar 15 de 32 en términos de mayor experiencia de corrupción en trámites. Ni tan bien ni tan mal.

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